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sábado, 6 de febrero de 2016

Todos los años lo mismo

"Todos los años lo mismo". En la mayoría de los casos, luego de escuchar esa frase, la cabeza se prepara para recibir un reto o comenzar una discusión. Quizás la única excepción pasa en el hincha de Almirante Brown.

Termina un campeonato y la espera se hace interminable. Un fin de semana tras otro agarrándose la cabeza, pensando "ya no sé qué hacer", colgándose viendo partidos viejos, acomodando las camisetas en distintos ordenes sólo para volver a ver esos colores, preguntándose "¿ni los pibes juegan?", juntándose a hablar de jugadores que vistieron esta camiseta o a discutir quién tendría que venir. Todos los años lo mismo.

Ilusionarse con los nombres, llenarse de humo con algunos apellidos, lamentarse porque un innoto equipo contrató a ése futbolísta que vos querías, imaginarse gritando los goles de este nuevo nueve, aprenderse un apellido porque ya sabés que te vas a acordar de él (y de su madre, su hermana y, por qué no, de su tierna lorita), quejarse por los chicos que dejan libres, ofuscarse por algunas incorporaciones fantasmas. Todos los años lo mismo.

"¿Cómo vamos a perder con estos?", "a éste le tengo una fe bárbara", "mirá el equipo que puso, no entiende nada", "uff, con esos once y este técnico, campeones", "esos dos no pueden jugar juntos", "cómo juega ese pibe, saquen a los viejos y pónganlo", "cómo aporta experiencia", "a estos les gana cualquiera", "y, nos falta" y miles de preguntas más que salen de un par de amistosos. Todos los años lo mismo.

Aprenderse el fixture de memoria y programar vacaciones, asados, aniversarios, festejos de acuerdo a las fechas tentativas. Fijarse cuándo se juegan los clásicos, cuántos de local tenemos y contra quién; hacer futurología de dónde vamos a dar la vuelta o cuáles son los últimos partidos para la levantada final; lamentarse por una seguidilla, alegrarse por otra, analizar qué días tomarse de franco en el laburo. Todos los años lo mismo.

No, señores. No pasó un año o dos. Pasaron tres meses sin fútbol y parecieron eternos. Pero aquí estamos, los hinchas. Un año más, otra campaña con vos. Todos los años lo mismo.


Volvió el fútbol.
Comerse las uñas, mirar el reloj de casa, del laburo o del celu, mirar cómo le fue al rival en la pretemporada, volver a aprenderse bien el nombre del jugador en cuestión; contar horas, minutos, segundos; llamar a todos para que no molesten (especialmente a las suegras). Los perros, con comida. Los chicos, entretenidos. La camiseta, puesta. La bandera, preparada. Plata, documentos, carnet, listos. Todos los años lo mismo.

Comienza el ritual de ir a la cancha. "Y, en el 2007 y 2010, vine por esta calle y con esta camiseta y así nos fue, repito", comentan por lo bajo. Quizás se olvidan los años que también lo hicieron y no nos fue así, pero en lo primeros partidos no importa. La fe y la ilusión es tal que todo se olvida, todo se desvanece, todo se renueva, todo vuelve a crecer, todo es nuevo. Todos los años lo mismo.

"Soy un pelotudo, me van a sacar el cinturón". Ana hubiese sido millonaria si instalaría el primer estacionamiento para cinturones. Pasamos los operativos sin antes ver de reojo al que está sentado arriba del caballo y pasamos el portón que tantas veces cruzamos. Todos los años lo mismo.

Hogar, dulce hogar. Vemos gente apelando a la religión y otros con las cábalas a cuesta. Amigos se abrazan, uno carga al otro por el bronceado y éste le responde que no "panza" nada. Ambos coinciden en algo, volvieron todos. Discuten sobre el equipo, las primeras fechas y quiénes tendrían que ser titulares. Todos los años lo mismo.

Suben los escalones del Fragata Presidente Sarmiento, se acomodan y esperan. Así como esperaron meses, así como esperaron ese día, así como todos los años. 

El hincha: el que tuvo un año de mierda, el que tuvo uno de los mejores, el que tuvo un hijo, el que lloró, el que rió, el que perdió, el que ganó, el que intentó, el que lo logró, el que se recibió, el que dejó, el que se lamentó, el que decía "no vengo más", el que viene por primera vez, el que saca fotos, el que filma, el que come unas garrapiñadas, el abuelo, el nieto, el que está colgado atando una bandera que en un rato tendrá que sacar, el que comenta "de acá es donde mejor se ve", el que fuma, el que se queja del humo, el que alienta, el que aplaude, el que putea, el que silva, el que canta, el que lo vive como una final, el que fue, el fanático. Todos los años lo mismo, este no es la excepción.

Brown, mi buen amigo, esta campaña volveremos a estar contigo. 

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